Lobos

Nació empapado de líquido amniótico y sangre, con el cuerpo amoratado por el esfuerzo, vuelta de cordón umbilical al cuello y de nalgas. Dice el folclore que los así nacidos están destinados a ser puros de corazón y así lo demostraban sus dos grandes ojos marrones.

Nació sin nombre, pues nadie esperaba un varón.

En su primer lustro conoció a la persona que más querría en el mundo. Fue feliz hasta la docena, cuando un trueno de una lluviosa mañana de octubre partió su vida en pedazos.

Día tras día, su madre, cuya entereza y fuerza de voluntad marcaría para siempre el carácter de los cachorros, marchaba, solitaria, a cazar antes del amanecer. Él se levantaba con los primeros rayos de sol y preparaba la primera comida del pequeño lobezno. Después, durante unos minutos, se postraba ante el lecho y se quedaba absorto mirando a aquella maravillosa criatura cuyo rostro adornaban rizos de oro; sabiéndose lo dura que era la vida, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros, recordando aquella maldita tormenta que tanto les había arrebatado. Nunca buscó consuelo. A veces, entre lágrimas y clavando las uñas en el suelo, reclamaba en un grito sordo un ápice de fuerza que le permitiese secar su rostro y continuar el viaje.

Con los ojos ya secos, desperezaba a aquel ángel y le ayudaba a acicalarse. Ya no había espacio para la desesperanza. Tomaban la primera comida juntos y se encaminaban hacia el valle. Una vez allí, ya con el resto de cachorros, siempre esperaba hasta perderle de vista. Eran dos pequeños lobeznos luchando por sobrevivir. Después, él regresaba sobre sus pasos durante varios kilómetros, hasta ocupar su lugar.

Los mediodías eran solitarios. Imperturbable calma y silencio atronador solo rotos por el compás del reloj. Instantes infinitos en el que el mundo dejaba de girar para tornarse etéreo, eterno. Burla divina.

A media tarde fortalecía el cuerpo; por la noche, con la manada ya unida, el alma. Antes del ocaso todo había sido dispuesto para el día siguiente. Solo quedaba cerrar los ojos y dejarse abatir por la nostalgia del recuerdo.

Y así durante años, con el coraje de la madre y la fortaleza de los hijos, la manada salió adelante. Nobles seres guiados por la luz de quienes ya no están, que los observan titilantes desde el firmamento.


Nunca podremos agradecerte lo suficiente, todo lo que hiciste por nosotros. Nos sacaste adelante regalándonos tu vida.

Nuestras victorias como hijos son tu éxito como madre.

Aguanta, sigue luchando como hacíamos antaño. ¡Que en la bóveda celeste se escuchen tus puños tronando sobre la mesa de los dioses hasta que no quede un ápice de vida en tu cuerpo!


Nunca hemos sido débiles, siempre hemos sido fuertes. Es lo que nos mostraste. Ahora está en nuestra naturaleza.

Nos decíais «lobitos» porque eramos libres y valientes. Pero fue gracias a ti que ahora…

Somos lobos.

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